MARIO BENEDETTI
EL PORVENIR DE MI PASADO:
MELLIZOS
SANTILLANA EDICIONES 2003
Leandro
y Vicente Acuña eran gemelos, tan pero tan iguales que ni siquiera los padres
eran capaces de diferenciarlos. No era raro que uno de los dos cometiera un
desaguisado y la bofetada correctiva la recibiera el otro. En la etapa
estudiantil todas fueron ventajas. Se repartían cuidadosamente las materias. Si
eran ocho, cada uno estudiaba cuatro y rendía dos veces el mismo examen, una
como Leandro y otra como Vicente. Para ese par de aprovechados la sinonimia
orgánica constituía normalmente una diversión, y cuando se encontraban a solas
repasaban, a carcajada limpia, las erratas de la jornada.
Leandro era un centímetro más alto que Vicente, pero nadie andaba con un metro para comprobarlo. Por añadidura, ambos usaban boinas, una verde y otra azul, pero se las intercambiaban sin el menor escrúpulo.
El problema sobrevino cuando conocieron a las hermanas Brunet: Claudia y Mariana, también mellizas gemelas y turbadoramente idénticas. Como era previsible, los Acuña se enamoraron de las Brunet y viceversa. Dos a dos, seguro, pero quién de quién.
Claudia creyó prendarse de Leandro, pero su primer beso apasionado lo recibió Vicente. Ese error también originó el conflicto interno entre los Acuña, y no fue totalmente resuelto con el recurso del humor.
En otra ocasión, Vicente fue al cine con Mariana.
Cuando la película llegó a su fin y se encendieron las luces, ella contempló el brazo desnudo del mellizo de turno, y dijo, con un poco de asombro y otro poco de sorna: «Ayer no tenías ese lunar».
El desenlace de aquellas semejanzas encadenadas fue más bien sorpresivo. Una tarde en que Claudia viajaba en un taxi junto a su padre, al chofer le vino un repentino desmayo y el coche se estrelló contra un muro. El chofer y el padre quedaron malheridos pero sobrevivieron. Claudia, en cambio, murió en el acto.
En el concurrido velatorio, Leandro y Vicente se abrazaron con una llorosa y angustiada Mariana. De pronto ella puso distancia con el doble abrazo, y se dirigió, con paso inseguro, a la habitación donde yacía el cuerpo de la pobre Claudia. Los mellizos se mantuvieron, en respetuoso silencio, simplemente como dos más en el grupo de dolientes.
Pasados unos minutos, reapareció Mariana. Con una servilleta, suplente de pañuelo, enjugó su última edición de lágrimas. Los mellizos la miraron inquisidoramente, como preguntándole: «Y ahora ¿con quién?».
Ella entonces englobó a ambos con una declaración que era sentencia irrevocable: «Espero que comprendan que ahora sólo soy la mitad de mí misma. Gracias por haber venido. Ahora váyanse. No quiero verlos nunca más».
Se fueron, claro, cabizbajos y taciturnos. Horas más tarde, ya en su casa, Leandro tomó la palabra: «Hermanito, creo que se acabó nuestro doblaje. De ahora en adelante, tenemos que diferenciarnos. Digamos que yo me tiño de rubio y vos te dejas la barba. ¿Qué te parece?».
Vicente asintió, con gesto grave, y sólo tuvo ánimo para comentar: «Está bien. Está bien. Pero te sugiero que mañana vayamos al fotógrafo para que nos tome nuestra última imagen de mellizos».
Leandro era un centímetro más alto que Vicente, pero nadie andaba con un metro para comprobarlo. Por añadidura, ambos usaban boinas, una verde y otra azul, pero se las intercambiaban sin el menor escrúpulo.
El problema sobrevino cuando conocieron a las hermanas Brunet: Claudia y Mariana, también mellizas gemelas y turbadoramente idénticas. Como era previsible, los Acuña se enamoraron de las Brunet y viceversa. Dos a dos, seguro, pero quién de quién.
Claudia creyó prendarse de Leandro, pero su primer beso apasionado lo recibió Vicente. Ese error también originó el conflicto interno entre los Acuña, y no fue totalmente resuelto con el recurso del humor.
En otra ocasión, Vicente fue al cine con Mariana.
Cuando la película llegó a su fin y se encendieron las luces, ella contempló el brazo desnudo del mellizo de turno, y dijo, con un poco de asombro y otro poco de sorna: «Ayer no tenías ese lunar».
El desenlace de aquellas semejanzas encadenadas fue más bien sorpresivo. Una tarde en que Claudia viajaba en un taxi junto a su padre, al chofer le vino un repentino desmayo y el coche se estrelló contra un muro. El chofer y el padre quedaron malheridos pero sobrevivieron. Claudia, en cambio, murió en el acto.
En el concurrido velatorio, Leandro y Vicente se abrazaron con una llorosa y angustiada Mariana. De pronto ella puso distancia con el doble abrazo, y se dirigió, con paso inseguro, a la habitación donde yacía el cuerpo de la pobre Claudia. Los mellizos se mantuvieron, en respetuoso silencio, simplemente como dos más en el grupo de dolientes.
Pasados unos minutos, reapareció Mariana. Con una servilleta, suplente de pañuelo, enjugó su última edición de lágrimas. Los mellizos la miraron inquisidoramente, como preguntándole: «Y ahora ¿con quién?».
Ella entonces englobó a ambos con una declaración que era sentencia irrevocable: «Espero que comprendan que ahora sólo soy la mitad de mí misma. Gracias por haber venido. Ahora váyanse. No quiero verlos nunca más».
Se fueron, claro, cabizbajos y taciturnos. Horas más tarde, ya en su casa, Leandro tomó la palabra: «Hermanito, creo que se acabó nuestro doblaje. De ahora en adelante, tenemos que diferenciarnos. Digamos que yo me tiño de rubio y vos te dejas la barba. ¿Qué te parece?».
Vicente asintió, con gesto grave, y sólo tuvo ánimo para comentar: «Está bien. Está bien. Pero te sugiero que mañana vayamos al fotógrafo para que nos tome nuestra última imagen de mellizos».
RESEÑA CRÍTICA:
Esta
historia trata de la falsedad entre las personas, de no saber cuando el otro
esta diciendo la verdad o mintiendo, de cómo conseguir las cosas sin importar el
daño a otros (así sea un familiar o un amigo) y manipular las situaciones por
conveniencia.
Además
con estas acciones también se prueba el engaño o experiencias desagradables ya
que mentir tiene consecuencias no muy buenas y al damos cuenta de los errores
cometidos y querer enmendarlos algunas veces ya es tarde.
Esta
historia también sirve como reflexión para actuar de una manera en que todos
quedemos satisfechos, sin necesidad de perjudicar a alguien.
Lizbeth Cubillos
Grupo 12
creo que lo seres humanos somos capaces de hacer cualquier cosa para conseguir lo que queremos, pero creo que deberíamos cambiar nuestra forma de pensar.
ResponderEliminar